Y el caso es que, cosas de la piratería, entre las miles de fotos, las luchas de sofá -que le conste a las autoridades marinas que la niña es muy guerrera, y que alguna rozadura, y de las buenas, me llevé yo en el casco-, el darle la comida, la cama compartida y los deberes entre dos, resulta que, ahora, la Juampe tiene su Juampelina, que tenemos a la marinería a punto de sublevarse entre chistes más o menos buenos y canciones más o menos bien cantadas, que hay cosas de las que sólo nos reímos las dos, que se le escapan frases que a mí se me escapan, que, incluso, quiere ser fotógrafa, como Tan, y eso me va a costar mi cámara, y que, a veces, me suelta cosas de esas que te dejan en tu sitio, de lo bien que sabe por dónde navego.
Y el caso es que tengo devoción por ella, y lo sabe seguro.
Y el caso es que ella es la verdadera Princesa Pirata.
Y como los pececitos no siempre están dispuestos a una sesión de fotos, porque eso es un rollo y porque me canso de posar, hay que aprovechar la ocasión.
Porque yo nunca me canso.
Una Princesa Pirata.

























































